Los
profetas nos guiaban. Mientras estuviéramos libres
tendríamos esperanzas. Nuestro grupo había escapado
de las garras de los cardasianos en el campo de trabajo 41547.
La ayuda estaba lejos y la creciente resistencia en mi planeta
natal no sabría de nosotros en mucho tiempo.
Nuestra
cultura de medio millón de años se estaba reduciendo
a escombros gracias al dominio de los cardasianos. Nuestro
gobierno era una charada. Pero algo nos mantenía firmes,
nuestras convicciones religiosas. No volveríamos a
dejar que esto pasara nuevamente. Nuestras mentes escapaban
del acoso.
Hacia
tres días que habíamos logrado escapar y nuestros
perseguidoras tal vez se habían dado por vencidos.
La espesa selva quitaba la respiración, el calor era
sofocante. Los insectos mordían como un rastipodo bajoriano.
Pero el hecho de encontrarnos libres nos animaba. Las torturas
habían terminado.
Había
logrado hacer una fogata en un claro, ya que el agobiante
calor del día daba paso a un frío extremo por
las noches. Nuestras vestimentas no eran las adecuadas para
soportarlo y el fuego nos calentaba. Alrededor del fuego nos
mirábamos los rostros, rostros sufridos por el encierro,
por los interrogatorios, por la crueldad. Pero eso no ha hecho
que perdiéramos las esperanzas de salir en libertad
ni de hacer que nuestro mundo vuelva a ser el de antes. Un
mundo de artesanos y artistas, de científicos y trabajadores
pacíficos. Pero así es la guerra convierte a
los hombres en animales.
Logramos
descansar unas horas. Al amanecer la luz de los soles calentaba
el follaje provocando una niebla que nos daría unas
horas de ventaja. Los rastreadores cardasianos no podían
operar en esta niebla. La mas joven de nuestro grupo, una
luchadora desde niña, estaba agotada de tanto caminar,
le dijimos que siguiera, pero era inútil, su agotamiento
no solo se debía a la distancia recorrida, sino también
al hambre; No habíamos comido nada en días.
Y la provisión de agua que logramos sacar del campo
se estaba agotando. Con ella nuestras esperanzas de salir
con vida de este hostil planeta.
Los
cardasianos nos pisaban los talones, se movían rápido.
Al general Baldu Nardo tampoco las fuerzas lo acompañarían,
era demasiado viejo para aguantar. Pidió que lo dejáramos
abandonado a su suerte, nos negamos, pero era demasiado tarde.
Murió pocos minutos después. Estábamos
compungidos, el había sido un héroe en mi planeta
y ahora había muerto lejos de casa, en un planeta desconocido.
Lo dejamos atrás y continuamos nuestro camino. No podíamos
darnos el lujo de detenernos, no en ese momento, el caer otra
vez en manos cardasianas era conseguir una muerte segura.
La
tarde iba entrando cuando nos detuvimos a descansar unos minutos.
Todos elevábamos plegarias a los profetas. Pedíamos
una salida, una ayuda que no llegaba. Para mal de males, el
agua ya se había agotado. Intentamos tomar el agua
del rocío, pero el intenso calor la evaporaba con demasiada
rapidez y su sabor era tan amargo que provocaba nauseas. No
nos dejaríamos morir. Pero nos quedamos dormidos, en
un sueño profundo. Demasiado agotados para seguir.
Nuestra suerte estaba echada y en mano de los profetas. Después
de 10 días de escape no podíamos más.
Nos rendimos.
Cuando
fuimos rescatados por una patrulla de la resistencia, estábamos
inconscientes, todos los cinco sobrevivientes del campo.
Yo
soñaba con la comodidad y la tranquilidad de mi hogar,
con el amor de mi prometida y los consejos de mi querida bisabuela,
Kira Neris.